Hoy es obligado recordar que hace 22 años se producían en España los últimos fusilamientos de la dictadura franquista. Sí, no hay errores de fecha, el 27 de septiembre de 1975 –menos de dos meses antes de la muerte de Franco- se realizaban las ejecuciones de cinco personas, dos presuntos miembros de ETA y tres del FARP acusados de las muertes de miembros de la Seguridad del Estado, según consta en los juicios sumarísimos a los que fueron sometidos.
Juicios, por otra parte, al amparo de un Decreto Ley –firmado por el dictador en “su” Pazo de Meirás- aplicado retroactivamente y realizado ex profeso para someter a Consejo de Guerra y condenar a muerte a once jóvenes. Juicios fulminantes, plagados de irregularidades y falta de pruebas, pero con la sentencia fijada de antemano, pues no hay más que releer la prensa de aquellos días: “El número de ejecuciones fue el mínimo imprescindible para la necesaria lección de ejemplaridad”.
Con el sólo cargo en contra de las declaraciones de los propios reos, quienes alegaron haber sido realizadas bajo tortura (lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que el equipo policial que se encargó estaba dirigido por el Comisario Conesa y el famoso “Billy el niño” –el inspector González Pacheco- y que, incluso, en el caso de Garmendia, ante la imposibilidad de firmar por el lamentable estado que se encontraba tras los disparos recibidos en su detención -llego a estar en coma varios días-, la huella dactilar sirvió como firma en una declaración redactada previamente), de nada sirvieron los alegatos improvisados de las defensas a las que no dejaron tiempo material, ni que, por ejemplo, los médicos y enfermeras invalidaran la confesión de Garmendia. La sentencia estaba dictada y se cumpliría.
Este trágico suceso sirvió para que se viera a un Franco más aislado del exterior que nunca. Se sucedieron manifestaciones por toda Europa, sobre todo en Italia, el asalto de la embajada española en Lisboa, Olof Palme –aquel gran Primer Ministro socialista sueco- y el Presidente a la cabeza de las manifestaciones en Suecia, múltiples actos diplomáticos e incluso la solicitud del Presidente de México, Luis Echevarría, de suspender a España como miembro de la ONU.
Ni la solicitud de clemencia de Pablo VI (que algo le tiraría, digo yo), ni mucho menos el manifiesto de grandes personajes europeos de la cultura.( Ives Montand, Costa Gavras, Sartre, Louis Aragon, André Malraux, …) hicieron cambiar el signo de la condena. Únicamente se consiguió que seis condenados vieron conmutada su pena por 30 años de reclusión. Dos mujeres embarazadas (Concha Tristán y M. Jesús Dasca quien realmente no lo estaba pero consiguió que el ginecólogo Ángel Sopeña lo certificara), el periodista Manuel Blanco, el maltrecho Garmendia, Fernández Tovar y Cañavera de Gracia.
Y tal día como hoy, hace 22 años, un nuevo borrón de sangre ensucia la historia de España con los nombres de Juan Paredes Manot, Txiqui, de 21 años, Ángel Otaegui, de 33, José Luis Sánchez Bravo, de 22, Ramón García Sanz, de 27, y José Humberto Baena Alonso, de 24, ejecutados respectivamente en Barcelona, Burgos y Hoyo de Manzanares los tres últimos.
Salud y buen día.
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1 comentario:
Tremendo, es tremendo que en 1975 aun se aplicase la pena de muerte en España, es tremendo que viendo como evolucionaba la sociedad aun se aplicasen esas medidas.
Por suerte hay gente como tu que lo recuerda y que hace que estas cosas no caigan en el olvido. No se trata de reabrir heridas, sino de recordar nuestro pasado mas cercano para que no vuelva a repetirse.
Enhorabuena por la entrada.
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